El reciente informe de comportamiento crediticio de la Superintendencia de Bancos envía una señal clara sobre el rumbo que debería tomar la economía: el segmento femenino empresarial destaca por niveles de morosidad inferiores al promedio y una gestión financiera más disciplinada. Más allá de la cifra, este dato revela un activo estratégico aún subvalorado por el sistema, cuyo potencial merece mayor atención.
Estamos ante una desconexión técnica: mientras la evidencia muestra un grupo de pagadores altamente consistentes, las políticas de acceso y el diseño de productos financieros parecen seguir operando bajo una inercia de hace décadas.
Esto nos lleva a una reflexión necesaria sobre la eficiencia del capital. Ignorar a quienes mejor gestionan el riesgo no es solo un error de lectura, es una pérdida de rentabilidad. Cuando un sistema no ajusta sus condiciones a la realidad del cumplimiento, termina penalizando la eficiencia y premiando, paradójicamente, la obsolescencia de sus propios modelos.
El crecimiento sostenible de una MIPYME, o de cualquier estructura productiva, no debería depender de concesiones especiales, sino de un ecosistema que sepa leer el mérito y la solvencia con precisión. No se trata de "ayudar", se trata de optimizar el mercado para que el capital fluya hacia donde los datos demuestran que está más seguro.
Las economías que realmente escalan son aquellas capaces de sustituir los prejuicios operativos por evidencia. Al final del día, la competitividad de un país se mide por su capacidad de ajustar sus instituciones a la realidad de su gente, y no al revés.
A veces, las mejores oportunidades de negocio no están en una fórmula nueva, sino en tener el criterio para ver lo que los números ya nos están gritando.




