Han pasado cinco años desde que la pandemia del COVID-19 cambió el mundo y nos obligó a reinventarnos. El 2020 no solo representó un desafío sanitario, sino un terremoto económico para las empresas, no importó su tamaño, puso a prueba la capacidad de adaptación y nos forzó a improvisar en un entorno incierto. Hoy, al mirar atrás, reconocemos las cicatrices que dejó la crisis, pero también el aprendizaje que nos permitió salir adelante.
No hubo margen para la planificación estratégica; la improvisación fue nuestra única alternativa. Tuvimos que adoptar nuevas formas de trabajo, renegociar contratos y reinventar modelos de negocio sobre la marcha, aprendimos a sobrevivir, enfrentándonos a la escasez de recursos, a la incertidumbre financiera y a la presión de mantener a flote no solo nuestras empresas, sino también a las familias que dependen de ellas, incluyendo las nuestras.
Aprendimos que la capacidad de adaptación es tan importante como el capital de inversión, y que la tecnología y la digitalización ya no son un lujo, sino una necesidad innegociable, donde definitivamente las grandes empresas llevan ventaja.
Cinco años después, muchas MIPYMES siguen pagando el precio de aquella crisis, aún con préstamos vigentes y tratando de consolidar sus inversiones, conscientes de que necesitan acceso a financiamiento más flexible y políticas públicas que promuevan su estabilidad. Las entidades financieras deben considerar esquemas de refinanciamiento adaptados a la realidad actual del mercado, y el Estado tiene el reto de impulsar programas de apoyo que fomenten la digitalización y la sostenibilidad de estas.
Para quienes seguimos en pie, el mensaje es claro: la pandemia nos dejó cicatrices, pero también nos enseñó que la adaptabilidad y la organización son claves para la supervivencia empresarial. El reto ahora es no solo pagar las deudas del pasado, sino construir un futuro en el que las MIPYMES no solo resistan, sino prosperen.