¿Por qué ganar más no siempre significa vivir mejor?
En el mes de febrero, entró en vigor el ajuste del 8% que completa el aumento del 20% al salario mínimo que veníamos proyectando desde el año pasado. Aunque en los titulares se celebra como una victoria para el poder adquisitivo, quienes estamos en el día a día de la gestión empresarial sabemos que la realidad es mucho más compleja que un simple cambio en la nómina. No se trata solo de que las micro y pequeñas empresas ahora tengan salarios mínimos de RD16,993.20 y RD18,421.20 respectivamente; el verdadero reto es el efecto dominó que este incremento dispara en toda la estructura de costos.
Lo que muchos no ven es que este aumento llega en un momento de presión constante por el alza de la canasta básica y los servicios. Para las MIPYMES y las empresas de servicios, que operan con márgenes cada vez más estrechos, absorber este costo adicional junto con las cargas sociales y de seguridad social no es tarea fácil. La respuesta natural, y muchas veces la única vía para sobrevivir, es trasladar ese costo al precio final de los productos o servicios. Aquí es donde se forma la bola de nieve: suben los salarios, pero inmediatamente suben los precios para poder sostenerlos, provocando que al final del mes el dinero le rinda igual o menos al mismo trabajador que supuestamente se está beneficiando.
Debemos entender que un aumento salarial de forma aislada, sin políticas que alivien la carga fiscal o incentiven la productividad real, termina convirtiéndose en un círculo vicioso de inflación. No podemos hablar de bienestar si el costo de la vida sube a la misma velocidad que el sueldo. El desafío hoy no es solo cumplir con una resolución del Comité Nacional de Salarios, sino lograr que ese aumento no sea devorado por el encarecimiento generalizado que él mismo genera al presionar la estructura de costos de quienes mueven la economía.
No estamos ante un aumento de riqueza, sino ante un ciclo de supervivencia.




