El Estado también se agota

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Las instituciones no se desgastan por sí solas. Quienes se desgastan son las personas que las hacen funcionar.

Sin embargo, cuando hablamos del fortalecimiento del Estado solemos concentrarnos en las reformas, las leyes, los presupuestos, la tecnología o la infraestructura. Casi nunca hablamos del factor que sostiene todo lo demás: las personas.

Los recientes acontecimientos que involucran a miembros de la Policía Nacional han vuelto a conmover a la sociedad dominicana. Cada uno deberá ser esclarecido por las autoridades competentes, con el rigor y las garantías que exige el Estado de derecho. No corresponde adelantar conclusiones ni convertir la opinión pública en un tribunal paralelo.

Pero toda tragedia deja una oportunidad que no deberíamos desperdiciar: la de hacernos preguntas que sobrevivan al ciclo de la noticia.

¿Estamos prestando suficiente atención al bienestar de quienes tienen la responsabilidad de proteger, decidir y servir desde las instituciones del Estado?

No se trata únicamente de la Policía Nacional. Tampoco de convertir la salud emocional en la explicación automática de hechos que aún se investigan. Se trata de reconocer una realidad que el mundo de la alta gerencia y las organizaciones más avanzadas comprendió hace tiempo: ninguna institución es mejor que las personas que la integran.

La prevención tiene un problema: casi nunca hace titulares. Nadie celebra una crisis que logró evitarse. Nadie ocupa una portada por una decisión acertada que impidió una tragedia. Sin embargo, es precisamente en esas decisiones silenciosas donde se construyen las instituciones verdaderamente sólidas.

Con frecuencia hablamos del desarrollo como si dependiera únicamente de indicadores económicos, inversión, innovación o crecimiento. Todo eso importa. Pero existe un activo del que depende la capacidad del Estado para convertir esas aspiraciones en resultados: su capital humano.

No hay transformación institucional sostenible cuando quienes sostienen las instituciones enfrentan un desgaste permanente sin que su bienestar ocupe un lugar proporcional dentro de las prioridades públicas. Cuidar a las personas no es un gesto de sensibilidad; es una decisión estratégica. Es fortalecer la capacidad del Estado para servir con eficacia, ejercer autoridad con equilibrio y generar confianza en la ciudadanía.

Tal vez esa sea una de las conversaciones que la República Dominicana necesita sostener con mayor serenidad y menos reactividad. No después de la próxima tragedia, sino antes. No para reemplazar otras reformas, sino para complementarlas. No para buscar excusas, sino para construir instituciones más fuertes desde su base más importante: las personas.

El desarrollo de una nación no comienza cuando inaugura una obra, adquiere nuevos equipos o anuncia una reforma. Comienza cuando entiende que el Estado también se agota si quienes lo sostienen dejan de ser una prioridad.

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